Bueno, hasta Jeff Reed tuvo que aprender a patear algún día…
Bueno, hasta Jeff Reed tuvo que aprender a patear algún día…
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No me miren como a un apestado. Lo que dije no es una blasfemia, ni una incitación a mi propio linchamiento. Es sólo que yo no creo en la democracia, así de simple. Cuando menos no en la democracia de mi querido país.
Y mis razones son varias, sobradas y patentes. La historia acumulada nos da a entender que el gobierno del pueblo es lo más civilizado que podamos obtener. Y sí, en verdad que suena muy bella la idea. Suena ideal.
Esta idea suena a que nosotros, todos, somos responsables por el gobierno que tenemos. Asume que hacemos nuestra labor ciudadana de elegir lo que es mejor para nosotros basada en una acción informada y bien pensada; y que la unión de todas estas buenas decisiones dará por resultado una mejor dirección para el país. Si todos los votantes asumimos la responsabilidad de tomar una buena decisión, no cabrá duda de que la suma de los votos derivará en lo mejor para la mayoría.
Ah, que hermoso. Pero nada más alejado de nuestra realidad.
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He recibido algunos comentarios acerca de que la forma de relatar mi historia de ayer está un poco rebuscada y que al final de cuentas no se enteraron ni qué pasó. Y pues, sí, si tienen razón. Sí está muy rebuscado.
Para todos los que amablemente me lo hicieron notar hice esta versión, pero explicada y así quedemos todos conformes. Muchas gracias:
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Y de la nada, desperté. Como acusado por un despertador interno que me aconsejaba devenir la realidad tangible por sobre la inmaterial ensoñación. Me tomé un segundo para avivarme y acomodar mis sentidos. Aún aturdido por el letargo presioné mis párpados para abrir mis ojos con más fuerza y tomar esa dosis por vías oculares que me fue recetada por los leves rayos de luz que se colaban por entre las cortinas.
A mi izquierda, la cordillera de su figura se perfilaba perfectamente bajo el satín que cubría su cadera. Su cabello bruno y desordenado como noche de viento se escurría sobre sus hombros como cascadas de petróleo. La trinchera dibujada a media espalda producía sombras suaves que delineaban la perfecta curvatura de su osamenta y el terciopelo dorado casi imperceptible que la cubría brillaba a contraluz iluminando en destellos caprichosos. Agradecido ya con el despertador invisible que me aguzó seguí saboreando los contrastes más allá de los colores.
Queriendo ver aún más y tratando de mantenerla alejada de la conciencia interruptora, lentamente recorrí su envoltura hasta descubrir su universo. El espectáculo, sublime:
Aquel desplante con que enarbolaba sus excesos provocaban en mí poco menos que incredulidad. Quedé enajenado con la línea de su contorno con mi boca entreabierta y mis pupilas tan grandes y redondas como la luna adosada que me extasió. Los acentuados claroscuros provocaban el apetito del roce, el regocijo del tacto. Alargué mis dedos para robar un poco de su esplendor, sin embargo, por el bien del sigilo ahogué mis movimientos dejando la mano en el aire, a centímetros de su superficie, tan sólo acariciando su atmósfera.
A pesar del tinte profundamente erótico del momento no hubo livianidad. No prosperaron arrebatos ni sudoraciones pues las intenciones eran otras. En ese lapso tan sólo quería convertirme en admirador de la belleza. Vaya, mucho menos que eso: en un aprendiz, un diletante.
En un instante inmediato, su hombro giró hacia atrás revelándome el premio de los que esperan. La curvatura convidada se asomó al mismo tiempo que me quedé suspendido en el pasmo. Queriendo acariciar su aroma acerqué mi cara a su cúspide y cerré mis ojos para saborear su irradiación. Giré mi cara para que mi mejilla fuera besada por el calor de su cuerpo; mi cabeza bailaba al ritmo de sus palpitaciones. Estaba tan cerca de ella que podía sentir el movimiento de su sangre, y sin embargo tan sólo su esencia me tocaba, me envolvía.
Con los ojos aún cerrados, sonreí humilde y agradecido. Tomé el regalo que me fue concedido y lo disfruté. Luego, escabullí mi brazo izquierdo bajo su cuello, levantando un poco su cabello. Besé suavemente su hombro expuesto rompiendo la tregua del contacto. Me acurruqué junto a ella; adherí mi pecho contra su espalda y mis rodillas en sus corvas. Ella despertó levemente dándose cuenta de mis movimientos y reconociendo mis intenciones. Cooperó fundiendo aún más su espalda sobre mi pecho y con ello me hizo recordar lo mucho que le gusta dormir así. La abracé rendido al sueño, y agradecido con todas las pequeñas cosas que tuvieron que suceder para que este fuera un momento de esos que se coleccionan como fotografías a las que se les escribe algo bonito en la parte de atrás.
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Este viejillo Fred Bowers es contemporáneo de su servidor, y decidió aparecer en el programa de Britain’s Gots Talent mostrando sus habilidades: Bailar Break Dance.
Fue bastante bien acogido por la audiencia y hasta por los durísimos de Pierce y Simon. Vean su actuación y ahorita siguen leyendo…
Bastante ágil para tener 73, ¿verdad?. Pues es lo mismo que pensaron los del gobierno británico cuando descubrieron que Fred Bowers había estado cobrando pensión por invalidez (así se llama la pensión, no me digan a mi)!! Ah, Viejito tan largo… y tan sope! ¿¿cómo se le ocurre participar en el programa más visto de Inglaterra?? jajajaja ¡¡FAIL!!
Fuente: Elmundo.es
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Sólo dale click, no te arrepentirás:
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Yo creo que este estudiante ya está aventajado
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